Bahréin, abril 2029
Denisse deambulaba por un lugar de Bahréin, junto a la playa. Buscaba una lógica que no hallaba a lo acontecido, sin dejar de revivir en su memoria una y otra vez los detalles, luego que culminó la estadía en el hotel donde se hospedó antes de regresar a Dubái.
Los empleados del mismo, se habían ocupado de llevar su equipaje hasta el servicio de la empresa de turismo. Ella, sólo debía esperar al pequeño ómnibus que la trasladaría al aeropuerto. Rememoró que en ese momento se había quedado con su cartera y su notebook esperando el servicio. Se había apartado del grupo, ya que había ido sola, como el transporte se demoró en arribar y los que estaban cerca de ella no paraban de sacarse fotografías con el celular y conversar a los gritos, se alejó unos metros de la puerta giratoria del hotel.
Esa mañana hubo demasiados turistas, gente de todos lados y un calor agobiante. En un instante que no pudo definir cuál, la acorralaron entre dos jóvenes y la despojaron de sus elementos. Había sucedido todo tan rápido, que entre medio de los gritos de ella desesperada por el asalto, pidiendo ayuda, los mismos se desvanecieron en el festejo de los otros contingentes que iban y venían en otras combis. También rememoró cómo los corrió desesperada a los ladrones. Lo hizo por varias cuadras despavorida. Sintió tantos nervios porque en la cartera tenía todo su dinero, tarjetas de crédito, documentos, su pasaje de avión, el celular, más los detalles de cómo debía moverse de allí hacia Dubái y luego regresar a Buenos Aires.
Su exasperación la hizo perder noción del rumbo. La impotencia le provocó las lágrimas y mucho más cuando supuso que retornaba hacia el hotel, para pedir ayuda. No supo lo que caminó. Los ladrones se habían llevado lo esencial y su equipaje ya estaría rumbo al aeropuerto. Cuando supuso que, había retomado el regreso hacia donde se había hospedado, se sintió confusa. Comenzó a dar vueltas en círculo y a caminar más y más, sin tener a nadie para preguntar. De pronto el bullicio había desaparecido. Sus propios nervios la hicieron perder la noción del tiempo y el espacio donde se hallaba, hasta que se topó con la playa. Allí tomó conciencia de que estaba perdida. Intentó calmarse para recobrar la compostura y buscar ayuda, alguien debía pasar por allí y así orientarse, pero se equivocó.
Estuvo tres días a la intemperie en una ciudad que jamás había visitado. Es más, nunca había estado de viaje que no fuera dentro de su país, Argentina. Tampoco encontró a nadie que hablara español. Los escasos transeúntes que divisó, cuando se acercó le sonó a árabe o a saber qué dialecto. Ella no sabía idiomas, salvo alguna palabra italiana, árabe mucho menos; y su inglés, saliendo de lo elemental, dejaba mucho que desear.
Aunque no sabía el nombre del lugar, lo percibió apacible con cierto resguardo para acobijarse por la noche en las rocas sobre la arena; al sitio sólo lo reconocía por sus plazoletas con quinchos sobre piedras cuidadosamente amoldadas. Además, tenía pequeñísimos puentes peatonales con barandas de madera donde pasaba por debajo agua cristalina, dándole gusto arquitectónico para el turista. Allí había amplísimas reposeras pintadas oscuras, también de madera instaladas y preparadas para tomar sol. De frente veía parte del golfo de Bahréin.
Al menos en ese lugar podía caminar por la playa, ver el atardecer y esperar a la noche entre las piedras, para guarecerse oculta hasta el día siguiente, rogando que nadie la sorprendiese y así de nuevo al día siguiente procurar ayuda, hasta hallar un consulado.
El cielo azul comenzaba a entregar sus suaves matices naranjas. Maldijo una vez más a todas las compañías de celulares, porque ya había perdido la costumbre de memorizar los números telefónicos, como tanto le había insistido su tía cuando era pequeña. Maldijo de nuevo a quiénes la habían asaltado quitándole todo, y ya tampoco podía escuchar el chelo de Stjepan Hauser que era lo que más extrañaba, su colección de melodías clásicas que, por el momento, la acompañaban sonando en su memoria para sostenerla, porque su música, era siempre su amparo.
Sólo tenía lo puesto. Y tampoco recordaba donde estaba, ni cómo ubicar a la empresa que se había ocupado de su permanencia. Cómo iba a explicarle a un taxista que la llevara al hotel de nuevo sin un bendito euro o dólar, aunque suponía que allí no se lo aceptarían. Además, juzgaba que ese lugar era una zona más residencial, casi sin bullicio. Por más que lo intentaba no sabía cuánto había recorrido y tenía bastante apetito. Quería encontrar la embajada argentina o algo similar. Rogaba cruzarse con algún turista que la entendiera y la considerase. Ya no hallaba a nadie de a pie. Todos sus mapas, resúmenes y guías para moverse se los quitaron los delincuentes. No se soportaba ella misma su mal aspecto. Los pantalones color arena ya estaban manchados, al menos podía utilizar el tocador de una estación de servicio que estaba a unas veinte cuadras de ese lugar, donde habían sido generosos ofreciéndole toallas para utilizar en algún lavado austero. Pero tampoco la comprendían porque casi no había diálogo entre los pocos empleados. Todo era automatizado, por lo que había percibido.
Se preguntaba cómo saldría de ese infierno, en un país donde casi no hay gente en la calle por el calor. Los autos eran todos de alta gama, para los argentinos como ella; para los árabes era como andar en patineta. Muy lejos se veían los altos edificios de lo que presumía podría ser el centro de la ciudad, meditó que, debería hallar la manera de volver hacia allí al otro día, como fuese. Porque, hasta ese momento lo había intentado y la sorprendía una sucesión de calles cortadas y espacios reducidos a un camino de arena. Cuando creía que retomaba hacia el lado de los edificios, de nuevo otra vez se enfrentaba al golfo. No comprendía su desorientación, algo muy inusitado en ella, por momentos percibió que era como si algo la empujase a quedarse allí; luego, se convenció que sería a causa del agotamiento.
Denisse estaba estrenando sus jóvenes veinticinco años, que había cumplido el 19 de ese mes, justo había nacido en el día de San Expedito para los cristianos, que con la adrenalina de preparar el viaje le pasó inadvertido. Ahora vagaba en Bahréin intentando hallar una salida cuanto antes de ese pequeño país.
Ya estaba cerca de esa plazoleta preferida, que a veces le daba la sensación que era un poco similar a la costa de Mar del Plata, cuando se camina por la vereda y contempla el mar desde allí.
Era el ocaso de un día caluroso de fines de abril de 2029, y al fin podría mojar sus pies en el agua fresca. Denisse no advirtió que un hombre de traje negro le impedía el paso porque le daba los últimos rayos del sol de frente. Puso su mano en forma de visera para verlo. Lo esquivó y él le expresó algo que le pareció ser idioma árabe. Remotamente supuso que ella había intercedido en el paso del individuo. Sólo atinó a pedirle disculpas en inglés por si acaso, e insistió en seguir hacia la plazoleta. El sujeto dejó entrever el arma debajo de su saco, instándola a que se detenga.
Denisse se ofuscó. Pensó si era otro asalto o era policía. Pero no tenía identificación que lo denotara. Y si lo era, ¿qué quería? Reflexionó ya que no le había comprendido y explicarle a un árabe, que necesitaba la embajada, era lo mismo que cruzarse con un chino, un japonés, o un ruso. Jamás se entenderían, meditó. Se convenció que en algún momento debería pasar algún turista, que hable algo de italiano, portugués o español, pero especialmente, que la ayude.
Atinó a explicarle que era extranjera y que iba hacia la playa; con ademanes exagerados para que la entendiese. Allí notó que el hombre era muy alto. Tenía algo sujeto a sus lentes también oscuros y algo muy diminuto salía en su oído, quizás era sombra. —Pensó. El individuo le hizo señas otra vez que no podía avanzar. Con un gesto le mostró una hilera de autos también negros que estaban por allí cerca. Todos con vidrios polarizados—. ¿Sería un funeral…? —Se preguntó.
Le explicó algo más el extraño, pero ella no le hizo caso, lo esquivó y él la detuvo por un brazo. Denisse lo empujó de mal modo para deshacerse de su impronta, pero desde uno de los vehículos Mercedes Benz bajó otra persona de traje azul, con el mismo porte y allí se asustó. Ya estaba perdida con su enojo. Le gritó un montón de cosas, pero esta vez en su nativo español.
—Ve a ver qué pasa… —Le había dicho el Sheikh a Mark, que era el que mejor hablaba el idioma español al comprender en su equipo transmisor, lo que la joven decía.
El segundo sujeto, Mark, que no le había dado importancia al hecho, descendió del vehículo y se acercó al custodio, solicitándole que no la agrediese, pero en árabe.
—Usted, ¿habla inglés o español? Soy extranjera, no entiendo. —Le gritó al nuevo individuo en español, sin darse cuenta por sus propios nervios que no le preguntaba en inglés, que allí era más que usual que se lo hablase.
—Por favor señorita, cálmese —le expresó el segundo hombre en español. Ella lo miró atónita. ¡Alguien hablaba por fin su idioma! —, le pido disculpas, es que esta área hoy está cerrada para los turistas. Está reservada de manera exclusiva para el Sheikh, y otras personalidades del ámbito político —mintió—, y por seguridad de su Excelencia usted no puede pasar.
Mientras tanto, desde la limusina blindada el Sheikh continuó oyendo el diálogo, porque aún tenía colocado el transmisor para su seguridad, ya que venían de una oficina cercana de reunirse con coreanos y tailandeses. Estaba tan acostumbrado a llevarlo colocado, que no lo percibía. Era parte de su rutina como el celular, donde repasaba en su teléfono las largas listas de reuniones internacionales.
—Mire señor, estoy cansada y molesta… —le comentó Denisse poniendo los brazos en jarra y gesticulando—. No sabía que por aquí vendría un Sheikh, o no sé quién, yo sólo vengo a ver el atardecer a la playa, su jefe no me importa lo que haga. Es más, ni me molesta que él venga. A mí me robaron todas mis pertenencias, no tengo documentos, pasaporte, teléfono, ni ropa, ni nada. Así que, cómo verá, puede decirle al viejo mandamás que conmigo no corre ningún riesgo. ¡Que se puede quedar tranquilo, no voy a hacerle nada! ¡Acaso me ve una ametralladora en la mano? —le gritó; todavía le duraba cierto enojo, por el trato del otro individuo de lentes. El Sheikh levantó la vista hacia donde estaba el “conflicto” al escucharla por el intercomunicador, soltó la risa en la limusina y se puso a observarla, apartando el celular; él también hablaba español, sólo que no lo practicaba de forma asidua.
—La comprendo y lamento lo que ocurrió. Pero esta zona está protegida y no puede pasar, ¡qué mujer testaruda que es! —por el auricular el Sheikh le señaló—: Pregúntale de dónde es y cómo se llama.
—¡Pues por qué no estaba su Sheikh, cuando a mí me robaron todas mis cosas! ¡Hace tres días que estoy dando vueltas para hallar un consulado! ¿Se supone que este es uno de los países más seguros del mundo? ¡Hasta mi laptop se llevaron! —insistió exasperada alzando la voz—. ¡Estuve dos días en Dubái y vine para aquí y ahora debo salir de esta ciudad e intentar volver a Dubái!
—¡Ya! ¡Podría callarse! —le indicó Mark haciendo hincapié en sus palabras—. ¿De dónde es?, ¿cuál es su nombre? —ella hizo un gesto llenando de aire sus pulmones y bajó un poco el tono de voz.
—Soy de Buenos Aires, de Argentina. Me llamo Denisse Di Batista.
—Yo soy Mark Farhat, trabajo para el Sheikh.
—¡Pues dígale al Sheikh de mi parte, con qué autoridad arremete a tomar todo este lugar con hombres armados, mientras a mí me despojaron de todo lo que tenía y lo único que quiero ahora es ir a la playa a refrescarme! —el Sheikh sonrió una vez más, le complació su atrevimiento.
—Digamos que… como para que me comprenda, más o menos sería como… el dueño de esta nación y todo lo demás por estos lugares. —él mintió. No iba a ponerse a explicarle a una extranjera sobre divisiones políticas entre ambos países, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, solo quería amedrentarla. Denisse respiró otra vez más profundo. Tomó conciencia de la barbaridad que había dicho. Lo meditó un momento, se arrepintió deseando ser invisible y solo atinó a decir bajando el tono de voz:
—Lo siento. Discúlpeme. No suelo ser tan mal educada. Es que estoy tan cansada, míreme lo sucia que estoy… ¿Sabe dónde hay una embajada argentina cerca?
—Aquí no tienen consulados que yo sepa. —le contestó Mark raudamente.
—Encima eso… ¿Y podría al menos decirme donde hay una embajada, aunque sea de España, u otra que hablen español? Necesito irme de aquí…
—Lo lamento, no puedo ayudarla… Ahora si me disculpa, necesito que se retire. —le indicó.
—Está bien señor, usted gana, me voy. —manifestó con tristeza. Mark recibió una orden tras el micrófono diminuto de su auricular.
—¡No la dejes ir! Retenla. Ayúdala. No la dejes sola. —le pidió de improviso el Sheikh. Mark dudó en la orden, ¿qué cosa le estaba pidiendo…?
—… Por favor, espere. Mire, de nuevo le pido disculpas señorita… Denisse. —Mark miró de reojo la limusina donde estaba el Sheikh como diciéndole, ¿qué quieres que haga?
—¡Por favor, no la dejes ir, ayúdala! —insistió el Sheikh de pronto, sin saber por qué. Algo en su interior, que no dilucidó, le envió una serie de sensaciones.
—… Eh… ¿Recuerda el hotel dónde se alojó, el nombre o algo que lo identifique? —le preguntó ante la insistencia de su amigo. Ella quedó dubitativa…
—No sé… …Algo como… … Mana… Manamá… “Los siete” … algo… —le explicó.
—… Creo que sé dónde es. —comentó Mark vacilante.
—Por favor ayúdala. Encárgate de ella, no la dejes sola. Que alguien se ocupe, no puedes dejarla a la deriva… —le ordenó el Sheikh, que de pronto continuó percibiendo una extraña sensación dentro de sí—. Has que alguien la lleve al hotel y vámonos que es tarde.
—Escuche. Deme un momento, sí. ¿Podría esperarme aquí media hora? Total, no tiene adónde ir. —le aclaró Mark socarronamente—. Tengo que atender algo urgente y haré que alguien la ayude. ¿De acuerdo?
—Se lo agradecería muchísimo. —le respondió con cierto entusiasmo.
—Huk, quédate con ella. Cuídala por favor. —le solicitó al custodio que la había detenido. En su idioma árabe. No hablaban en inglés frente a extraños, por costumbre. Ya que el árabe muy pocos extranjeros lo comprendían. En cambio, con el Sheikh y la mayoría del entorno era habitual hablar inglés. Es más, casi no hablaban árabe, sólo en determinados encuentros más privados. Mark regresó hasta la limusina y le observó al Sheikh—: ¿Qué haces Rayhan?
—Vamos a la reunión sino Mohamed nos regañará y le contará a papá que evado sus controles de nuevo y no quiero discutir otra vez. Dime, ¿cómo es ella?, parece sincera.
—Estaba enojada. Desencajada diría yo. Debe ser feo que te roben todo y nadie te entienda. Muy extraño por aquí… —le aclaró Mark.
—Por lo que vi me pareció una hermosa mujer… Su cabello largo… Aunque estaba revuelto, desprolijo…
—¡Vaya, que eres detallista! Sí. Es linda, tiene ojos parecidos a los tuyos…
—Envía a algún custodio con ella. Páguenle todo. Hay algo que me llamó la atención…
—¡Qué cosa…! —Exclamó Mark extrañado, mirando al Sheikh.
—No le importó que Huk le mostrara el arma. Arremetió hacia él. Es una chica valiente. Vamos. Bajemos. —Mark movió la cabeza.
—¿Todo eso viste desde aquí…? —le manifestó Mark asombrado.
—No en detalle, pero sé cómo disuade un custodio… —y sonrió.
Mark obedeció con pocas ganas. A su vez, recibió el llamado del jefe de seguridad del Sheikh, regañándolo por la demora. Ya estaba enterado del motivo del retraso. Aunque ya a esa hora, habían concluido las reuniones de índole político, como lo hacían habitualmente cuando estaban de visita en Bahréin. Esta vez se juntaban de manera informal, solían hacerlo de vez en cuando. Muchos de sus amigos y ex compañeros de la universidad debían volver a sus obligaciones. Charlas de hombres, de proyectos, metas, acompañado con algo de bebidas y distensión en la torre de edificios que daba frente al golfo. Desde arriba podía verse la belleza del entorno. Las siluetas de los magníficos edificios, su arquitectura, algo que Rayhan amaba: construir lugares paradisíacos, con el compromiso de no alterar jamás la flora, fauna y medio ambiente. Proteger la vida por sobre todas las cosas; pese a que sabía que sus sueños quedarían truncos, ya que su padre comenzaba a delegarle cada vez más funciones. Lo enfrentaba a la realidad de la vida. Era su sucesor directo y no podría evitarlo.
Luego del abrazo con sus amigos y conocidos, donde un ejército de custodios casi transparentes vigilaban por los alrededores. A medida que iban acercándose allegados, Rayhan se apartó del grupo haciéndole un gesto a Mark para que lo acompañase.
—Quiero que lleves a la joven a dónde se alojaba. Prefiero que vayas tú. Huk podría dejarla en cualquier lado. Ya que tú hablas perfecto español, le será más fácil entablar una conversación contigo. Averigua todo lo que puedas sobre ella. Págale todo lo que necesite. Mientras investigaremos quien es. Si es verdad lo que dice.
—Okey. ¿No crees que estás exagerando? No me parece una terrorista… —esclareció sonriendo.
—¡Claro que no es terrorista! Sólo quiero saber un poco de ella.
—Recién me dijiste que averigüe todo y ahora, ¿un poco? ¿Rayhan qué te sucede? ¿La fatiga de los viajes te tiene mal? —recalcó Mark extrañado, riéndose.
—No me sucede nada. Haz lo tuyo y yo hablaré con Mohamed (el jefe de seguridad más viejo), para salvar tu trasero ya que va a regañarte por apartarte de la limusina. —comentó riendo—. Otra cosa, no desconectes los inalámbricos. Quiero oír cada palabra de lo que hablan. Luego ven aquí.
—¡A la orden Excelencia! —sabía que Mark cada vez que usaba en la intimidad la palabra Excelencia, lo hacía para molestarlo. Y lo lograba. Era una forma de decirle que no estaba de acuerdo con su amigo de la infancia—. Además, me aparté del auto por tu “orden”, Excelencia… —Rayhan continuó riendo.
Mark salió del edificio y caminó hacia la plazoleta que estaba a menos de sesenta metros. Otro de los custodios lo siguió. El sol rojizo de la tarde se estaba desvaneciendo y las luces de la ciudad comenzaban a ser protagonistas. Aún hacía calor y la vio allí, sentada en la vereda apoyada sobre una pared como resguardo, que daba al mar mirando el cielo, abrazada a sus rodillas. Tampoco el guardia le había permitido sentarse en ninguna de esas amplísimas reposeras marrones de madera. Huk continuaba firme de pie junto a ella. El custodio sintió alivio por dentro al ver a Mark acercarse, le había costado contener a la muchacha; de inmediato le contó lo acontecido con ella. Luego Mark le pidió que fuera por su auto y buscarían ese hotel.
Denisse lo miró desde el suelo. Era como tener otro rascacielos al lado, pensó.
—Con que quisiste escapar eh… ¿Pensabas que no volvería? —Mark estiró una mano para ayudarla a levantarse y Denisse, se aferró con la suya para hacerlo.
—La verdad, sí. Pero tú hombre no me dejó moverme, no sé cómo me permitió sentarme en el piso. Están bien entrenados. De todas formas, una parte de mi quería que volvieras. Es bueno hablar con alguien en el mismo idioma, así seas un cretino o un bueno para nada. —Mark sonrió.
—Eres terrible. Escúchame bien. Quiero ser claro. Tengo órdenes del Sheikh de ir a ese hotel, te hospedarás allí y veremos cómo solucionamos tu situación. ¡También comprobaré si es verdad todo lo que me has dicho! —La sentenció.
—Mark, ¿Mark era tu nombre no…? —indagó con cierto interés.
—Sí.
—No tengo un centavo. No puedo pagar el hotel. —Le explicó Denisse.
—El Sheikh paga todo. Tómalo como una invitación de este país que te ha hecho daño. —Huk estacionó el auto cerca de ellos y descendió.
—Pero no tengo para devolverle… ¡Aquí es muy costoso para los argentinos…! —intentó ser más clara en su razonamiento.
—¡No tienes que devolverle el dinero! ¿Por qué eres tan terca coño? —Ella soltó la risa al tiempo que Huk abría la puerta trasera del Audi negro junto a ellos—. ¡Por favor sube! —Le ordenó. Ella lo miró por un momento, dudó, pero algo en él le hacía intuir que no era un mal individuo, así que obedeció, a la vez confirmó que la ciudad ya estaba encendida y quizás no volvería a pasar la noche entre las rocas. Escuchó a Mark darle indicaciones en lo que le parecía idioma árabe a Huk, mientras quería observar todo al mismo tiempo. El auto era increíble. La tecnología que poseía y sus tapizados; jamás había visto un vehículo así, con tantas pantallas en su interior.
—¿Qué te causó gracia cuando subimos al auto? —le cuestionó Mark curioso. Ella volvió a reír.
—La palabra coño. No la oía desde las antiquísimas películas gallegas. —Mark hizo una mueca.
—A veces suelo confundir los giros idiomáticos cuando no los uso con frecuencia. Creo que en tu país significaría algo como un… ¿“carajo”? —Ella rio de nuevo.
—Creo que sí… —Los dos soltaron la risa al unísono. En poco tiempo ya estaban en el hotel— ¡Es aquí!!!, sí es este el hotel! —exclamó entusiasmada al observar su amplísima puerta de cristal giratoria.
—¡Gracias Alá! —murmuró Mark dando un suspiro. En el edificio, el Sheikh Rayhan bin Ahmad sonrió, apartándose un poco de las conversaciones de su entorno, sin prestar atención al llamado de uno de sus allegados más íntimo.
—¡Rayhan! —lo llamó Jason, quien fue compañero de estudios desde la secundaria, pero había efectuado otra carrera en la misma universidad y se había recibido de doctor en Ginecología y Obstetricia y luego cursó diferentes posgrados, entre ellos el de desnutrición infantil. Colaboraba cuantiosamente en la lucha contra la hambruna en la fundación del Sheikh en África; su nombre era Jason Al Sayegh y trabajaba, además, en muchos proyectos con Rayhan en Somalia y en otras partes de África, como Mozambique y Níger—. ¡Rayhan! —repitió.
—Disculpa, sí dime…—respondió el Sheikh como si sus pensamientos se remontaran a otro sitio en sus recuerdos.
—¿Estás con el equipo de seguridad inalámbrico, colocado en tus oídos? —preguntó el doctor Jason.
—Sí… me distraje. Disculpa…
—¿Por qué?, ¿acaso tienes alguna amenaza? —averiguó interesado. Jason tenía un aspecto más aplomado. Aparentaba ser algo mayor que el Sheikh, y apenas le llevaba ocho meses. Usaba lentes de manera permanente y su estatura era algo menor a él.
—No, no. ¿Qué me decías? —Rayhan tenía puesto un ambo beige con camisa blanca abierta sin corbata.
—Que la primera etapa hídrica en Somalia está dando resultados positivos. Hay que corregir unos detalles. Quizás deberíamos ampliar el… ¿Dónde está Mark? Hace un momento lo vi por aquí y ahora no está… —se interrumpió al notar su ausencia.
—Afuera… Fue a llevar a una joven extranjera a un hotel… Solo escuchaba lo que ellos hablaban…
—¿Una joven? ¿Y para qué tienes tantos ayudantes…? ¡Por qué tiene que ir Mark a llevarla? No entiendo… —Opinó algo desconcertado.
—Es algo confuso de explicar. Ya viene para aquí. ¿Qué me decías de… Somalia…? —Jason comenzó a explicarle de nuevo su opinión sobre los cambios y la conversación que había tenido con unos ingenieros especializados en recursos hídricos. Rayhan le prestó atención unos minutos, hasta que quedó absorto en lo que venía por el transmisor.
Denisse y Mark ingresaron al hotel. Mark habló con el gerente, presentó sus credenciales del Sheikh y corroboró que la chica había estado allí. Pidió habitación con hospedaje abierto y todos los servicios. De inmediato tenía todo controlado.
—Bien. Estuviste aquí. Ahora te llevarán a una habitación, te quedarás aquí, te darán de comer y ordenaré que alguien te compre ropa. —le explicó Mark a la joven.
—Mark… No puedo pagar ya te lo dije… —insistió.
—¡Ya te repetí mil veces! ¡El Sheikh paga todo! Olvídalo. —ella aceptó resignada, sin saber qué hacer, pero necesitaba descansar y comer. Debía recobrar fuerzas para salir de Bahréin. El conserje los acompañó hasta una habitación en suite amplísima, que daba a un balcón a la calle en el primer piso.
—Oh, ¡qué alivio, una cama…! ¡Qué hermosa habitación…! ¡La mía era mucho más chica…! —Exclamó Denisse.
—Ahora antes de irme, por favor, escribe en ese block todos tus datos privados, nombre completo, documento, dirección en Buenos Aires, correo electrónico, teléfono, redes sociales, familia… Todo. ¡Y cuando digo todo es todo! Luego te dejaré tranquila.
—¡Lo haré, pero antes necesito ir al baño! —le insistió mostrándole sus manos algo pegajosas.
—Oh, sí, disculpa. Te espero. Total… unos minutos más de “niñero…” —recalcó, en tono despectivo para su amigo, Rayhan sonrió del otro lado del aparato.
—Mi pelo es un mazacote. Al menos ahora tengo las manos limpias —le explicó en cuanto regresó—. Te pongo todos los datos aquí y lo que me robaron. Te aclaro que no utilizo redes sociales. —y se sentó junto al pequeño escritorio de la suite.
—¿Quieres un sándwich ahora? Luego, puedes cenar tranquila. —le propuso Mark.
—Sí. Tengo hambre y sed… Por favor sí.
—¿Tomas gaseosa, agua, sodas, whisky…? —Y sonrió. La miró un momento y notó su belleza, pese a su desprolijidad.
—Un jugo o agua estaría bien. Muchas gracias. —Mark pidió todo por el teléfono interno del hotel. Luego le dio una serie de instrucciones en árabe a Huk por su celular. Aún debía tomar ciertos recaudos.
—¿Cuándo estuviste en Buenos Aires…? —le inquirió ella curiosa.
—Hice unas pasantías… sí eso. Fui por dos meses y me quedé un par de años creo… —perdón Alá—. Pensó para sí. Supuso que, si ocultaba su cargo, más fácil sería deshacerse de ella.
—Buenísimo. —manifestó sin dejar de mirar la puerta ansiosa por la comida, pero observando de reojo a ese tal Mark.
En el edificio donde estaban reunidos los allegados al Sheikh, las conversaciones fluían de todo tipo. Política, petróleo, aluminio, bodas y alimentos en el mundo. Pero predominaba el tema sobre las graves consecuencias del cambio climático y todo lo que aún faltaba por resolver. Rayhan se levantó del sillón con la excusa de ir por una bebida. Se sirvió una copa y luego, se dirigió hacia uno de los ventanales gigantes del edificio en círculo. Quería oír mejor la conversación de Mark.
—¿Qué le pasa? —interpeló otro compañero de equipo, al grupo, señalando al Sheikh.
—A nuestro amigo lo están cargando de muchas responsabilidades antes de tiempo creo yo. —afirmó Nim Zalaquett, que tenía unos 45 años; doctor en ciencias políticas y era miembro del Consejo Supremo, además, trabajaba y era amigo personal del Jeque Nadeem Rayhan bin Ahmad, padre de Rayhan, y conocía demasiado bien los pormenores.
—No sé… creo que hoy está distraído por otra cosa… —interpretó Jason—. Esperemos a que vuelva Mark.
La joven mientras tanto en el hotel, comenzó a escribir sus datos, al tiempo que Mark se paseaba por la habitación. Atendió al mozo y cerró la puerta. Denisse se abalanzó sobre el sándwich y el jugo, todo a su vez en cuanto tuvo la bandeja cerca.
—Come despacio, podría caerte mal… —le indicó Mark.
—Es que vos no tenés idea lo que es estar tres días sin comer.
—Vos… me había olvidado del voseo en tu país… Bien. Hablaremos así me puedo ir con mi gente. ¿De qué trabajas, si es que trabajas…?
—Soy diseñadora gráfica. Me recibí en la Universidad de Buenos Aires. Trabajo de ello. En mi teléfono perdí a mis contactos y en la laptop algunos archivos. Pero eso sería lo de menos, ya que utilizo más para mi trabajo, una computadora de escritorio que tengo en mi casa. Igual hago copias de seguridad de mis diseños en pen drives… Sí, no me mires así, aún utilizo pen drives… Vivo en Monte Grande, Buenos Aires, está a pocos kilómetros del aeropuerto de Ezeiza, como para que te ubiques ya que conoces mi país… ¿Y vos de que trabajás?
—Yo… —Por qué percibía que ella lo desconcentraba, reflexionó Mark. Caviló que debía mentir rápido—. Pues… pues… de lo que estoy haciendo… De traductor… —El Sheikh sonrió del otro lado del micrófono—. Sí. Soy traductor, hablo varios idiomas, si no, no estaría aquí. Nosotros vamos a muchos países y no siempre se habla el árabe o inglés… Ese es mi trabajo para el Sheikh.
—¿Y él sabe algún idioma…? —Su pregunta lo desestabilizó. Estaba acostumbrado a que nadie preguntara nada personal sobre el Sheikh.
—No… apenas habla árabe… inglés algunas palabras… Hola y adiós, creo, ya me he olvidado como siempre lo hago yo… —Rayhan se rascó la barba muy corta y perfectamente delineada para ocultar su sonrisa con su mano, siempre mirando por el ventanal—. ¡Bueno basta! Soy yo el que pregunta. —Le objetó más enojado.
—Okey. ¡Seguro debe tener un inglés espantoso como el mío!! —Y Denisse soltó una risita.
—¿Con quién vives? ¿Eres casada, tienes hijos, marido o qué…? Porque habrá que ubicarlos, para contactarnos con ellos… —Mark se puso serio.
—No. Soy soltera, sin marido, sin hijos, sin novio, sin nadie. ¿Y vos?
—Soy divorciado. —Mintió. Tampoco comprendió cómo le había salido tan rápida la respuesta. Ella había comenzado otra vez a interrumpirlo y Mark a ofuscarse. Denisse terminó de ingerir su primer bocado, e inició el segundo. Mark dejó de dar vueltas en la habitación y apoyó ambos brazos sobre la mesa intimándola con sus ojos color café—. Por favor no me interrumpas más o te hago detener. —Ella observó que era guapo, con rasgos árabes con una barba y bigote estupendos y una ropa muy costosa. No parecía un hombre demasiado común.
—…Está bien… —Expresó devolviéndole la mirada de sus ojos claros. Él se sentó cerca de ella.
—No me mientas. Estás en una situación delicada. ¡A los únicos que tienes es al Sheikh y a mí, así que no me interrumpas más! —Ella empezó a masticar más despacio y tragó. Bebió un poco de jugo y Mark meditó en por qué diablos su amigo, lo había metido en este problema ajeno a todos ellos.
—…Tengo una amiga, se llama Victoria Acosta, le decimos Vicky. Ella ganó un viaje por un premio en un concurso en intercambio cultural en turismo, porque estudió esa carrera, por un trabajo que hizo sobre los países árabes. Pero tuvo la mala suerte que cuando tenía todo preparado para venir, su madre sufrió una quebradura de pelvis, ¿sabes lo que es pelvis? —Mark asintió con un gesto—. Y no quería dejarla sola a cuidado de su padre, que también está mayor y con problemas de diabetes… Entonces, me pidió que hiciera el viaje por ella, porque si nadie lo usaba, caducaba. ¿Comprendes? Era apenas cinco días. Dos noches en Dubái, luego otras dos noches aquí y retornaba a Dubái donde partía, y a esta altura, ya debería estar en Buenos Aires. Los delincuentes se robaron todos los datos y planos que tenía para moverme… Supongo que mi equipaje debe estar en el aeropuerto.
—Comprendo, continúa… —Le indicó serio.
—Y bien, mi amiga insistió, así que junté unos dólares que tenía, más unos euros; ella también me prestó dinero, mientras hice mi pasaporte, visa no porque aquí no se utiliza más y… vendí mi bicicleta de carreras… Conseguí que me agregaran más crédito para gastar en mis tarjetas, por si acaso debía pagar algo extra… Porque, en verdad nunca salí de Argentina… Los dólares los tenía porque allá algunos pagan en esa moneda, porque nosotros siempre tenemos problemas en la economía y solemos ahorrar en dólares… Además, necesitaba cambiar un poco de aire, ya que hace cinco meses me atropellaron a mi mascota, a Tomi, un perrito de la calle que adopté, era pequeño… raza perro, de color negro, ¿sabes? Yo lo llamaba Tomi, pero al final venía cuando le decía “Negro” …Un día me descuidé y salió a la calle… Y un estúpido infeliz lo atropelló… No pude hacer nada, murió a los pocos minutos en mis brazos… —Mark se lamentó, Rayhan perdió la sonrisa—, …parece que hechos trágicos siempre me rodean… —Agregó más seria.
—Lo lamento. Eso es algo que le puede pasar a cualquier persona… —Le señaló en tono más suave.
—Quizás… Lo que más siento es que el día anterior lo había retado; había tenido problemas con mi trabajo y estaba enfadada. Me enojé con él como si tuviese la culpa de algo… y tuvo que morir sin darme tiempo a pedirle perdón, porque después ni siquiera lo recordé. —Rayhan bebió un sorbo de su copa, con su vista en el horizonte de un mar casi oscuro, con el contraste del reflejo de las embarcaciones y luces de la ciudad, absorbiendo sus palabras—. A veces suelo ser así porque, además, en verdad vivo sola. Mis padres murieron hace muchos años en un accidente de tránsito, junto a mi hermano menor. Ese día, me había quedado en lo de mi tía Clara porque yo estaba bastante mal del estómago… Había comido demasiada torta de chocolate y dulce de leche que mamá había hecho… y mamá me castigó, porque siempre fui demasiado golosa y descontrolada… Por eso ella estaba enojada y por no soportarme descompuesta en ese día especial para Martín, me dejaron en la casa de mi tía, antes de ir al colegio… Era el primer día de Jardín de infantes de mi hermano… Él tenía sólo tres años, creo que yo apenas cinco… También debí haber muerto allí… Y no morí por mi propia culpa… Fue espantoso. Es increíble como en un segundo te puede cambiar la vida para siempre… —Sus ojos se habían puestos tristes —. … Desde ese entonces no volví a probar una torta de chocolate igual…
—Lo siento… lo siento de veras… —Le susurró. Rayhan esta vez miró al cielo, lo que oía de la muchacha, le hizo recordar cuando perdió a su madre—. No quería ponerte mal… No era mi intención…
—Lo sé. ¿Cómo ibas a saberlo? …Lo he superado creo… Lo llevo bien… Desde entonces viví con mi tía Clara, ella sola se hizo cargo de mí como pudo, era soltera, pero también con el tiempo se fue… Ella era mayor que mi mamá. Fue a causa de un derrame cerebral que la mantuvo un tiempo postrada, luego se recuperó un poco, hasta que falleció…
—Qué vida Denisse… —Susurró Mark. En su interior había recibido cierta emoción al rememorar la muerte de sus padres en circunstancias diferentes y percibió la desolación de la joven en su mirada.
—Soy fuerte, me hice más dura… Ya no me afecta salvo los recuerdos… En estas cosas te das cuenta que sólo se vive una vez… Quizás por todo eso es que abandoné a mi amiga, dejándola sola con sus problemas, en vez de quedarme a ayudarla. Reconozco que no soy muy buena persona en ese aspecto. Esta vez pensé solo en mí… y sé que eso no es bueno… Fui muy egoísta… —Se lamentó con cierta melancolía.
—Creo que hiciste lo correcto… —Rayhan escuchó muy atento, sin perder detalle de sus palabras.
—Ustedes también han destruido muchas vidas por las guerras… —Comentó mirándolo a los ojos.
—No. Algunas regiones sí. Por suerte nuestro gobierno viene trabajando exitosamente por la paz, desde hace décadas. Tenemos libertad y el Sheikh ha contribuido en buena parte con ello y otras cosas para las generaciones futuras…
—Menos mal… No sé por qué tiene que ser todo tan difícil… Por qué los humanos siempre lo hacemos tan complicado, en esta hermosa Tierra… Tenemos una sola vida y éste solo planeta al cual, estamos haciéndole de todo para destruirlo… —Le expresó apesadumbrada.
—Tienes razón en eso. Lo comparto. —Rayhan, en el edificio, bebió un poco más de su copa con la mirada ausente en el cielo de Bahréin. Percibió de nuevo al oírla, una rara sensación en su cuerpo, que le trajo remembranzas.
—Lo que son las cosas a veces, quien iba a decir que yo un día iba a estar aquí, perdida en Bahréin, hablando con un extraño de mi vida privada, con la única palabra que recuerdo del árabe es Salaam… —Mark sonrió—. Pero mejor… Dime cuántos años tiene tu jefe, por lo que me cuentas que ha hecho, debe tener alrededor de… ¿cien…? —Supuso irónica para quitar de su alma la tristeza que de pronto la había alcanzado. Mark lanzó una risa y siguió con su papel.
—Cien no, pero… setenta y algo… sí… —¡Qué canalla! —Pensó Rayhan que seguía atento a lo que oía por el transmisor desde el edificio redondo.
—¿Y, es amable o es de esos que encierran a las mujeres…? —Subrayó Denisse con cierta inquietud, ya que ella no tenía la menor idea de las costumbres de los países árabes. Lo único que recordaba era: sus harenes, el desierto y el petróleo.
—No, es de esos que encierran a las mujeres… Bastante testarudo a veces. —Aseveró riendo sabiendo que su amigo estaba atento—. Pero esto queda entre nosotros. Si no me echaría o me llevaría a la guillotina… —Agregó exagerando su broma y Denisse se impresionó levemente.
—¡Aajjj! ¿Cómo viniste a parar aquí? Digo, junto al Sheikh… —Señaló indiscreta.
—Soy norteamericano, pero descendiente de árabes, cuando me divorcié de mi esposa también como tú, quise salir y conseguí empleo en la embajada… Luego, con las vueltas del destino, llegué aquí… —Alá me perdone por tantas mentiras. —Se dijo. Rayhan volvió a sonreír.
—¿Te das cuenta lo que significa el destino? Ves, es cómo te digo, ¿quién iba a decir que yo estaría aquí, y vos americano también aquí…?
—Tienes razón. Me has hecho practicar el español a la fuerza. —Y sonrió.
—Mark… Gracias. Lo único que te pido es que averigües cuál es el consulado más cerca de Argentina, u otro país, para ver si puedo llamar… ¿Aquí existe el cobro revertido?
—¿Qué es eso? …Veré lo que puedo hacer. ¿Terminaste la lista?
—Sí, creo que sí… Sabes, me caes bien dentro de todo… Dale las gracias al viejo gordo de tu jefe. Pueda ser que encuentren a los ladrones…
—¿Viejo gordo…? Ah, si… Será mejor que me vaya. Te ves demasiada cansada. —Agregó Mark alejándose de la mesa.
—Lo estoy…
—Refréscate, pide lo que quieras, hablaré con alguien abajo para que te compren ropa. Descansa. Quizás tu mal carácter mejore para mañana.
—Por favor, pedí vos la cena por mí, algo sencillo, que no tenga bichos ni cosas raras… —Mark rio—. En cuanto a la ducha, no veo la hora de meterme al agua y acostarme a dormir. En serio, dile a tu jefe que gracias. Y no te olvides de la embajada, de cualquiera. Quiero irme de aquí cuanto antes.
—Una cosa más. Dejaré un custodio allí fuera. Así que no salgas de la habitación y mucho menos de este hotel o te haré arrestar. —Ella asintió con un gesto—. Mañana vengo. Nos vemos. —Mark se incorporó, tomó la hoja de papel y salió del hotel rumbo a la reunión.
—Buen trabajo. —Le expresó el Sheikh a Mark a través del transmisor.
—¿Sabías que eres un cretino? Me hiciste perder mi rato de descanso… —Le reclamó impaciente.
—Ven rápido, te compensaré. —El Sheikh volvió al grupo de amigos. Se acercó muy animado a donde estaba el doctor Jason y le expresó—: En qué estábamos, ¿en Somalia…?
—Rayhan… ¿Qué diablos te pasa hoy? Tu padre te está presionando demasiado parece. —Se molestó Jason.
—¿Qué dije? —Respondió en tono inocente y distraído.
—Hace más de una hora que dejamos de hablar de Somalia, te comenté otras cosas y estuviste allí en el ventanal… ¡Estás estresado o qué rayos te sucede, tú nunca te distraes de esa manera!
—Lo siento… Estoy esperando a Mark y no me di cuenta… Voy a buscar algo de bebida. —Simuló y volvió por otra copa.
Pocos minutos después se encontró Mark con el Sheikh, en el edificio. Antes de que Rayhan se le acercara, Jason le señaló a Mark:
—Oye, tú que estás todo el tiempo con él. Está desatento, raro. Vigílalo. Yo ahora tengo que irme porque debo tomar un vuelo temprano. Nos vemos en Dubái después. Tenemos que arreglar unos asuntos…
—De acuerdo. Sí. También lo noté, ando en eso. ¡Nos vemos Jason! —Saludó Mark.
—¡Adiós Jason! —Exclamó el Sheikh con cierta culpa por desatender a su amigo. Poco después le preguntó a Mark—. Cuéntame, ¿tienes los datos?
—Rayhan. Déjame tomar algo ¿sí? Ya oíste todo. Me quitaré este transmisor. Ya sabes de lo que hablamos. Mañana antes de irnos a Abu Dabi iré a verla, le pasaré estos datos al japonés, así que ahora déjame tranquilo.
—¡Está bien! ¡Pero acabo de descubrir que mi amigo de la infancia, es norteamericano, divorciado y es un mentiroso fenomenal…! —Mark sonrió.
—Gracias a ti. —Le manifestó cerca de su oído.
Mark cumplió. Pasó la orden al japonés, sólo lo apodaban así porque era efectivamente japonés. Su nombre era Naoki, que significa algo así como “árbol honesto” y su apellido era Takahashi, que era un experto en seguridad informática, satélites, drones y demás cuestiones vinculadas a la seguridad de la realeza y el país. Todo pasaba por sus manos. Todo era chequeado por él. Toda la custodia estaba interconectada entre sí con códigos especiales. Aparatos de última generación que aparecían, el japonés elegía lo mejor. Tenía buenos ayudantes, pero él era el responsable de la comitiva del Sheikh, del Jeque y de toda la seguridad aérea, privada, y de cada bendito aparato que había en todo el entorno. Allí la palabra privacidad no existía. El rastreo satelital en vehículos, teléfonos, computadoras, mansiones, quedaba dentro del poder de la Central de Seguridad Informática de Naoki, que estaba en Dubái. El japonés, como le decían, también era joven, tenía veintinueve años y a veces cubría algunos descalabros del Sheikh, cuando éste quería despegarse un poco de la autoridad de su padre.
Para cuando Denisse se había duchado y luego, cenado, el japonés había hecho llevar por un empleado, y entregado a Huk al hotel, lo que Mark le había pedido. Sabía que la muchacha ahora estaba agotada, pero seguramente en la mañana un poco más relajada, iba a solicitar una computadora o un teléfono en el hotel “Los Siete…” No se equivocó. Los empleados del hotel sabían que laptop o teléfono debían prestarle.
El cuerpo de la joven estaba agradecido por el descanso y en su memoria sólo había rondado hasta poco antes de dormirse, en las cuerdas del chelo, “Canción de un jardín secreto”.
Se despertó tarde, alrededor de las once de la mañana. Un leve golpe en la puerta influyó para que lo hiciese. Cuando vio la hora se apuró y se puso la bata a la vez que contestaba “un momento por favor”, en inglés. Era la segunda vez que el camarero le llevaba el desayuno a su habitación, le agradeció y se disculpó; pero a su vez, él le hizo comprender que estaba la joven que le iba a hacer las compras. Ella le señaló que pasara y esperara un momento. La vestuarista era simpática, menuda y hablaba fluido inglés. Denisse fue al baño, se enjuagó la cara y se peinó su largo cabello rubio ceniza, que le pasaba mucho más allá de la cintura. Allí al verse en el espejo se dio cuenta que estaba más delgada de lo habitual, demacrada y algo asustada. Y se veía mucho peor sin maquillaje.
De a poco fueron entendiéndose muy bien con la joven, que le tomaba las medidas de su talla y escudriñaba sus preferencias de colores y gustos, especialmente en zapatos, carteras, ropa interior, y sobre todo el maquillaje. Gama de azules y grises para sus ojos, delineador y máscara de pestañas negra, algún color dorado para los labios. Trató de explicarle en su burdo inglés, que compre lo indispensable para poder salir del país, que no gastara mucho del dinero del Sheikh. Ella asintió súper sonriente. Mientras tomaba el té acompañado con una gran bandeja de diferentes exquisiteces árabes, que no se detenía en degustar, la vestuarista no dejaba de tomarle las medidas para estar segura. Pese a la insistencia de Denisse que compartiera el desayuno, la muchacha le explicó que ya lo había hecho temprano. Luego la chica se llevó su ropa en una bolsa para el lavadero, dejándola sola con su bata. Cuando se fue, terminó el desayuno y se quedó reflexionando—: Creo que jamás te voy a olvidar Bahréin… pero debo volver a casa.
En algo más de dos horas la joven menuda volvió con una mucama y otro empleado llena de paquetes y muchísimas bolsas de boutique internacionales. Denisse se tomó la cabeza al verlos. Supuso que el Sheikh se iba a molestar. Le dijo que no, sólo un ambo y una camisa, la ropa interior, lo indispensable y el maquillaje de igual manera. Le reclamó.
La vestuarista insistió. Le explicó que debía aceptar todo lo que le había traído y le gustara. Ropa de toda índole, carteras, sandalias, bolso de viaje, valijas y demás enceres. La ayudó a vestirse para que se probara los atuendos, notó la calidad de las telas y las marcas. Jamás había tenido una ropa así, ¡se la veía tan costosa y tan bella! Cada vez que Denisse le decía el Sheikh no, la simpática vestuarista le repetía en inglés, “El Sheikh dijo que sí”. La joven estaba más contenta que Denisse, que la alentaba a probarse, a maquillarla y definitivamente la convenció.
Lo que nunca imaginó que, mientras ella estaba sumergida en un mundo sublime de cosas que jamás había tenido en ese exceso, Mark y el Sheikh estaban cerca de allí, en las oficinas privadas del Jeque. En un edificio de muchos pisos. Mark, que era ministro de Relaciones Exteriores y secretario privado del Sheikh, organizaba las cosas para regresar a Dubái. Estaba atrasado con los textos de los discursos que debía presentar en el Congreso, en Abu Dabi. A su vez Rayhan atendía llamadas telefónicas continuas, pero en verdad quería pensar en otra cosa, no en el Congreso. Había algo dentro de él que le molestaba. Estaba inquieto. Percibía una extraña sensación que no sabía cómo calificarla. En ese instante ingresó uno de los ayudantes del japonés y le alcanzó otro teléfono a Mark para que lo atendiera. El muchacho se fue y Mark escuchó al japonés. Sólo asintió e indagó por si había noticias del hotel.
—Hasta ahora no. —Le respondió Naoki—. Ni bien tenga novedades le llamo.
—¿Qué te dijo? —Inquirió el Sheikh apresurado.
—Parece que todo es cierto. La chica no mintió. El japonés ingresó a sus datos y es sin duda quien dice que es. Su vida, sus estudios, su ciudad y dónde queda su casa. Sabe desde donde nació a la fecha. Su padre era bancario, su madre profesora de literatura y vivían cerca de esa tía que explicó Denisse que la cuidó. Tiene parientes lejanos que no se frecuentan. Sin registro de parejas ni hijos. Tampoco multas o antecedentes penales. Naoki no se equivoca. No tienes por qué temer. Ya está. Calculo que en un par de días podremos hacerle la documentación para que vuelva a Buenos Aires, o si quieres, hago un par de llamados y que vaya en un avión de los nuestros… —Rayhan lo miró con cierto enfado y le respondió.
—¿Acaso yo te dije que quiero que se marche? —Los ojos verdes del Sheikh se pusieron más intensos.
—Pero… Creí que… —Comentó y siguió ordenando los portafolios—. Supuse que querías que esto terminase enseguida. Además, nosotros nos vamos de aquí. No te entiendo…
—Creíste mal. —Rayhan no le respondió de buen modo.
Su amigo se sorprendió. Rayhan bajó el volumen del celular que no dejaba de sonar. Si lo apagaba un regimiento de custodios estaría allí en menos de un minuto, porque era el protocolo. Para apagarlo tenía que avisarle al japonés y luego debería explicarle las razones a su padre. El Sheikh ordenó que no lo molestaran, que necesitaba “privacidad”. Mark no podía creer lo que hacía. Se estaba demorando. Las actitudes del Sheikh habían cambiado desde la tarde anterior. —Quizás Jason tenía razón, mucho estrés… —Pensó.
—A ver, ¿qué pretendes que haga…? —Le demandó mirándolo a los ojos, algo molesto.
—Ve al hotel y habla con ella…
—Sí, cierto, le afirmé que iba, ¡pero es que estamos tan atrasados…! —Y miró la hora en su reloj pulsera.
—Préstame atención. —Le indicó con una expresión más seria en su rostro, empujando un mechón de su cabello lacio renegrido hacia el costado, con su mano izquierda, como peinándolo—. Desde anoche no he podido dejar de pensar en esa joven… —Mark se fastidió, iba a comenzar a reclamarle por su comentario, pero no le dio tiempo—. ¡No me interrumpas! Has que se quede. He estado pensando quizás en un contrato o algo así…
—¿Contrato? ¡No habla nuestra lengua! ¡Ni siquiera inglés!! ¿Estás cuerdo? —Comentó incrédulo.
—Déjame terminar… De pronto me urgió la necesidad de tenerla… No lo sé… es como… —Meditó el Sheikh y Mark detuvo su frase de inmediato.
—¡Sólo es una chica! Hermosa sí, pero tú estás lleno de mujeres viejo. ¡Las tienes como abrojos pegados a cualquier lugar que vayamos! ¡Si no fuera por los custodios serías padre de cincuenta hijos!! —El príncipe lo miró hastiado.
—Creo que exageras. —Rayhan, caminó por la oficina en dirección a los ventanales gigantescos.
—Desde que íbamos a la facultad yo ligaba las sobras y tú siempre te llevabas los postres. ¡No puedes enredarte con una chica y mucho menos extranjera! —Exclamó Mark fastidiado.
—¿Ya te olvidaste que me quitaste aquella bella cubana en Miami? —Le reprochó el Sheikh y Mark rio rememorando esa aventura y Rayhan agregó—: Yo tampoco quiero inmiscuirme en problemas; pero, coincido en algo con lo que ella dijo. Sólo tenemos una vida… Supongo que en unos diez años tendré que reemplazar definitivamente a mi papá, para seguir con el legado… Por algo cada vez me da más actividades para efectuar y él sólo se dedica a firmar… Y créeme que lo entiendo. Por eso estoy más que seguro que papá, ya tiene en su agenda a las posibles princesas para mí…
—Sí eso es cierto… Es una tradición muy aguerrida que aún no hemos podido cambiar… y créeme que lo lamento. Aunque considero que va a darte el cargo antes, por eso mismo te está dando muchísimas más responsabilidades, eres su primogénito, aunque tu hermano es el que tiene más ganas de ser Jeque, él siempre fue más político que tú… pero es nuestra costumbre… Todos sabemos que querrías dedicarte sólo a lo que te gusta, a las carreras que vienes estudiando, a tus fundaciones y todo eso se vería afectado por la atención del legado. Pero si lo piensas bien, tú eres demasiado inteligente y, hallarás la manera de hacer parte de tus proyectos junto a nosotros, tus amigos que siempre vamos a estar para acompañarte Rayhan… Así que no busques problemas, ya has tenido algunos con tu padre, por aparecer tanto en los portales con algunas mujeres famosas… Por favor, déjala ir…
—No puedo… Esto es algo indescifrable, diferente… Dile que tardará su documentación bastante, no le digas cuánto. Que no pudiste hacer contacto con ningún consulado… Que tenga paciencia y que no se preocupe por los gastos, está invitada y deja a Huk y otro custodio para la noche. O si no, contrata privados. Todos estos costes son por mi cuenta…
—Rayhan, ¿te estás oyendo…? Tenemos que volver a Abu Dabi y luego a Dubái. Tenemos compromisos importantes… —Le suplicó.
—Lo sé. Ahora iremos al hotel. Tú le dirás que se quede. Convéncela. Tú sabes cómo hacerlo. Iremos juntos en el auto. Yo te esperaré abajo y… por favor, llévala con una excusa al balcón, quiero verla, aunque sea por última vez… Después partiremos para el Congreso… Aun cuando creo que mejor sería volver cuanto antes para aquí.
—¿Estás demente? ¿Ir a Dubái y volver…? ¡Qué te hizo ella…? Ni siquiera conversaste…
—Sólo me recordó a… —El teléfono que había enviado el japonés, interrumpió la respuesta. Mark atendió, escuchó y cortó.
—¡La chica está en la computadora del hotel…! —Exclamó Mark con gran sorpresa.
—¡Entonces vamos ahora! —Ordenó el Sheikh.
Rayhan en ese momento, odió el tener tanta custodia como nunca en su vida. Pese a que estaba acostumbrado. Nunca supo lo que era caminar solo. Las primeras imágenes de su niñez reflejaban el rostro feliz de su madre, pero siempre hombres extraños como sombras lejanas; al tiempo que, a su alrededor, había mucamas para atenderla.
Siempre tenía presente la sonrisa de su mamá, cuando lo sentaba en su falda junto al piano y le hacía tocar de a poco algunos sonidos, mientras le sostenía sus manitas pequeñas… Le insistía para que aprendiese a sentir la música clásica… que tocara lo que quisiera le decía, pero jamás dejes la música clásica… “algún día, cuando seas un hombre sentirás el sonido de Chopin y su Preludio en E menor N° 4… y te ayudará a poner en claro tus pensamientos, para cuando necesites huir…” Tantas veces le había repetido esa frase su madre, que jamás la olvidó. Cuando Rayhan cumplió los nueve años, ella le regaló un aparatito de mp3 con los preludios, y lo guardó. No comprendió en ese momento las melodías.
Su mamá falleció cuando él tenía catorce, su hermano doce y la más chica nueve… Recordó también, que esa noche buscó el aparato y escuchó el sonido del mp3 de Preludio en E menor N° 4, Op. 28 y lloró muy apesadumbrado—. ¿Por qué estaba teniendo esa sensación de nuevo…? —Se preguntó.
Llegaron al hotel en dos autos. Logró al menos tener uno solo de custodia. El Audi negro quedó en la vereda del frente al balcón. Mark no habló una palabra. Si volvía a abrir su boca, seguro iban a discutir y no quería.
—Ponte el inalámbrico. No olvides lo que te expliqué. —Le indicó el Sheikh con su carácter brioso.
—Ya lo sé. —Y descendió dando un fuerte portazo de mal modo. Era alrededor de las cinco de la tarde y hacía calor. Al ingresar al hotel, el conserje le indicó que la joven estaba sentada junto a una mesa en la confitería. La buscó con la mirada y la halló— ¡Por Alá, qué mujer! —Pensó cuando se acercó mientras saludaba a Huk con un gesto.
—¡Hola Mark! ¡Qué bueno que volviste! Estoy tratando de contactarme con mi amiga por mail. Por suerte me prestaron una laptop. —Comentó Denisse muy animada.
—¡Estás increíble…! ¡Eres otra persona…! Me has dejado sin palabras… —Exclamó Mark sorprendido, al percibir su hermosura, dejándolo por un momento sin capacidad de reacción.
—¡Muchas gracias! No exageres. —Le señaló sonriendo y la volvió a mirar, su amigo no se había equivocado—. Sabes, no pude convencer a la vendedora que se lleve las cosas, ¡me trajo ropa como para que me quede una vida! Y no solo eso, ¡carteras, perfumes, zapatos, bolsos y un montón de cosas que, por favor, quiero que las devuelvas! Con una muda está bien para viajar. Sería horroroso que el Sheikh pensara que estoy abusando de su cordialidad, ¡para colmo, ropa carísima que en mi vida hubiese podido comprar esa cantidad!!! —Y ambos rieron.
—Bueno, al menos eso te cambió el humor, ya no odias tanto a los árabes… ¿Pudiste contactarte con tu amiga? —Le consultó cordial.
—No. Bueno sí. Le envié un correo, pero seguro que está con su mamá o algo. Allí por si acaso le expliqué que se quede tranquila. Le dije dónde estaba y que probablemente no pueda volver a escribirle. Sí le expliqué que ustedes me están ayudando. ¿Tenés noticias para mí?
—Qué te parece si llevamos la laptop a tu cuarto, pedimos unos jugos y conversamos así te pongo al tanto. Tengo una sed espantosa. Es que el Sheikh no me da respiros… —Comentó alzando un poco la voz como para “vengarse” de su amigo a través del micrófono.
—Bueno. Sí yo también. Aquí hay demasiado aire acondicionado para mí. —Mark pidió los jugos y subieron a la habitación. Rayhan siguió cada paso de la plática. Sabía que el japonés a esa altura había ingresado a la computadora y a su correo. Ya sabía la clave de acceso y había bloqueado internet.
—Menos mal que te pedí que no salieras de la habitación… —Le señaló Mark.
—Sí, pero es que cuando vi el cartel de Wi-Fi por allí, pensé por qué no intentarlo. ¡Y me la prestaron!! ¡Son tan gentiles!! De todas maneras, ese mastodonte no se aleja de mí… —Refiriéndose a Huk, el custodio; y Rayhan sonrió.
—Ya lo creo. —El mozo golpeó la puerta y trajo el servicio. Dos tragos largos rojos. Los tomó le dio uno a ella y otro para él que caminó hacia el balcón y abrió la puerta—. Aquí corre otro aire… —fingió, ya que hacía un calor igual de tremendo como en planta baja, en la calle. Ella se acercó sin salir. Su rostro estaba mirando a la pantalla de la laptop, que ahora estaba apoyada sobre una mesita, esperando la respuesta de Victoria en el buzón.
—Mark, ¿qué pudiste averiguar? —Le preguntó con cierta intriga.
—Mira… Es verdad, aquí no hay embajada como dije antes… Tuve que hablar con Canadá y Argentina… Y no es sencillo cuando pierdes toda la documentación… —Subrayó exagerando dentro de su mentira—. Va a tardar unos días hasta tener alguna respuesta. —A Denisse se le borró la sonrisa—. Pero no te sientas mal. Se resolverá. Mientras tanto quédate en el hotel, sigues de invitada por tiempo indeterminado… Por eso no te preocupes…
—¡Qué bárbaro! Es que en Argentina aún sigue teniendo tanta burocracia… —Se lamentó.
—Sí. Lo sabemos, pero no es sencillo en ningún país, cuando perdiste toda la documentación, —volviendo a hacer énfasis en la palabra toda—. Es más, yo… mira, estamos muy ocupados con el Sheikh… Mañana no podré dedicarme a tus cosas. Dame un par de días más o tres. —Alá perdón, pensó—. Debemos viajar, te dejaré un custodio para que no te me escapes. —Mark observó la mirada acongojada de Denisse y sintió pena por ella.
—No puedo quedarme a costas del Sheikh, Mark. No es justo. Mira la cantidad de cosas que hay en la habitación, eso está fuera de todo presupuesto… —Le respondió preocupada.
—Ya te dije. Eres su invitada. Pronto tendremos noticias de los delincuentes, parece que hubo un ingreso de inmigrantes ilegales por el golfo, y bueno, uno de ellos te tocó a ti que estabas por esos lados… —Alá perdón… Se repitió Mark por sus engaños. Rayhan estaba feliz por la aventura que estaba atravesando. Un juego de chicos—. Además, al Sheikh no le afecta en lo más mínimo estos gastos, para él son migajas… No te preocupes, encontraremos una salida. Ten calma, haz de cuenta que aún tienes el premio del viaje… Por favor Denisse, no te pongas triste, deja esa pantalla, no te olvides de la diferencia horaria. Ven, asómate a ver la tarde… —Mark se corrió para que Rayhan la viese desde donde estaba.
—¿Andas en esos autos negros…? —Comentó acercándose a la baranda del balcón mirando hacia la calle. Rayhan la observó detrás de los cristales, las cámaras automáticas e invisibles grabaron a la joven. Su larga cabellera dorada se movió apenas con la brisa de la tarde y él lo disfrutó.
—Es ella. —Pensó el Sheikh.
—Sí… siempre andamos lo menos de a dos…
—¿El Sheikh está allí? —Indagó asomándose más a la orilla.
—¡No te vayas a caer! —Le observó Mark, que la tomó del brazo por instinto, temió que viera a Rayhan, aunque sabía que era imposible— …No, el Sheikh solo manda, yo obedezco… Espera, tengo que hacer una llamada.
Denisse se quedó en el balcón mirando la calle y los Audi. Mark retornó al interior de la suite y habló con su amigo en árabe por el celular para preguntarle:
—¿Ya es suficiente…? O qué más quieres que haga… —Rayhan dudó. Era tan bella verla desde allí que no quería irse—. Por favor, dime… tenemos asuntos que formalizar… nos van a matar a los dos, tu padre preguntará que estás haciendo en este sitio, en cuanto el jefe le diga que nos salimos del recorrido y…
—Dame un minuto más y vamos… —Respondió en un susurro Rayhan.
—Disculpa, —le comentó Mark acercándose a ella de nuevo hacia el balcón mientras cerraba el teléfono—. Mira, por favor te pido, quédate unos días, dame tiempo, te dejaré un par de custodios y hablaré para que te puedas quedar con la computadora. No te olvides de pedirle el teléfono a tu amiga cuando te conteste.
—No. Ya lo hice, también le solicité los de la compañía de turismo, pero ese, aunque lo consiga, creo que sería inútil, ya que nos manejábamos con el guía, y ella a ese número no lo tiene… Está bien… Jamás sabré como pagarles esto a ustedes y a tu nación… Gracias Mark. —Le expresó dulcemente.
—No hay problema. La culpa fue nuestra, no tuya. Pronto resolveremos tu situación, ten paciencia. Estás realmente hermosa. Usa todo lo que te guste y pide más, lo que te haga falta. Por favor, obedéceme sino el Sheikh me despedirá…
—Está bien. Dale las gracias. ¿Aquí, no funciona bien internet no…? Porque quise buscar los números de consulados y además los diarios de Buenos Aires y no me pude conectar…
—Ah… No, la verdad que en esas cosas estamos un poco atrasados… Aquí no le damos relevancia… —Ella asintió con un gesto—. Nos vemos en unos días. Huk, el que ya conoces y un relevo se quedarán contigo por cualquier cosa ¿de acuerdo?
—Creo que es un abuso, pero sí. Te espero. Muchas gracias… —Mark salió. Dio las instrucciones a los del hotel, Huk que estaba en la puerta de afuera, subió al primer piso y se quedó en una sala intermedia cerca de la puerta de la habitación de Denisse. Mark subió al Audi.
—Gracias amigo… —Le manifestó Rayhan. Mark sólo atinó a responderle.
—Tenías razón… Es una mujer demasiado bella… —El Sheikh cambió su expresión, de una leve sonrisa, a otra sumamente amplísima de satisfacción, que transformó su rostro. La felicidad que emanó de él en ese instante fue, como si le hubiesen inyectado una energía infinita. Trabajó muy concentrado y feliz hasta muy tarde para preparar el discurso del Congreso. Mark había recuperado a su Sheikh.